Jorge Trasante

Un experimentador de primer nivel

Establecido en París desde 1977, Jorge Trasante es uno de los mayores “embajadores” musicales del Uruguay.
Negro, formado en las mejores tradiciones del candombe de su país, ha tocado con algunos de los principales exponentes de la música latina y del jazz en el mundo.
En esta entrevista evoca su trayectoria en Montevideo, donde retorna regularmente para “nutrirse”, y su evolución posterior en Francia.
También expone su voluntad de ayudar a la expansión de la música uruguaya y de participar a su manera en el cambio político y social que se espera con la llegada de la izquierda al gobierno, en marzo.




Entrevista realizada por:
Rubén Yizmeyián
17 de enero de 2005







-Vengo de una familia de músicos. Mi padre, Valentín Trasante (1906-1995) fue fundador con Antonio Casaravilla “Cachela” de la murga Asaltantes con Patente. Mi viejo era una escuela, escribía las letras y dirigía los coros de la murga. A mi casa venían José Ministeri “Pepino”, Carlos Céspedes; de ahí salieron Rómulo Pirri, el popular “Tito Pastrana”, y un montón de murguistas que marcaron época. Me crié junto al “Chiquito” Roselló, un maestro del redoblante. Y de parte de mi madre Élida Crocco (92 años), una familia de raza negra muy numerosa y todos percusionistas de candombe. La murga y el candombe fueron mi cuna, tenía el equilibrio justo.

-¿Dónde naciste?
-Nací el 17 de octubre de 1953 en el barrio Cordón de Montevideo, en Constituyente 1737, entre Minas y Magallanes. Ahí ensayábamos con Eduardo Mateo y venían Urbano Moraes, Pippo Spera, Federico García Vigil, “el Pájaro” Carlos Canzani, “el Choncho” Jorge Lazaroff, Rubén Rada...

Vivía a 50 metros de donde salía la “Llamada de la calle Charrúa”, muy famosa, con Benjamín Arrascaeta y a 300 metros de ahí estaba Pedro Ferreira con su comparsa Los Dandys Cubanos y su orquesta Cubanacán. Los carnavales me fueron llevando a ser percusionista, sin quererlo me fui metiendo. Empecé con el bombo de la murga y después con los tambores.

Con Milton, mi hermano, teníamos una murga de niños en el barrio. Él tocaba redoblante y yo el bombo. La primera vez que grabamos con mi padre yo tenía 6 años y mi hermano 9. Era un barrio muy musical, muy creativo, yo me crié en eso, andaba con mi viejo para arriba y para abajo. Me llevaba al restaurante “Mario y Alberto” donde tocaba “el zurdo” Mastra. Allí veía también a Santiago Luz y a Brindis de Sala, cuya cantante era Lágrima Ríos; había un movimiento muy grande de música negra y de todo lo popular.

Con Mateo teníamos un dúo y ensayábamos todos los días en mi casa. No nos importaba la fama, lo que queríamos era crear toques nuevos y, a partir de lo folklórico, algo original.

-Te nutriste de una gama musical muy amplia: candombe, murga, tropical, jazz, pop...
-Claro, en esa época estaban los Fattoruso tocando con Los Shakers, Pippo Spera, Eduardo Mateo, Rubén Rada y Urbano Moraes con El Kinto, y al mismo tiempo empecé a ir al Hot Club, donde me encontraba con todos los jazzistas: Eduardo Useta, Raúl Lema, Nelson Varela, Santiago Ameijenda y muchos otros.

-¿Quién fue tu mayor referente en esa época?
-Como baterista Roberto Galletti fue mi gran influencia. Cuando lo conocí me voló el cerebro y tuve la suerte de trabajar con él en Gula Matari y en bandas que armábamos con Mateo, Alfredo Galletti, hermano de Roberto, con Marcos Spiro y “el lobito” Daniel Lagarde. Después que Rada se fue del Tótem original entré yo en la segunda o tercera etapa del grupo con Ameijenda en batería. También toqué con Mike Dogliotti. Todos esos grupos candomberos mezclaban el pop y el jazz. Para entonces tenía entre los 18 y 20 años.

-¿Estudiaste música?
-Yo era autodidacta hasta que un día Federico García Vigil me dijo: “no puede ser que no sepas leer”. Ya tenía 16 años y por influencia de él empecé a estudiar con el profesor Roberto Sorrentino en el Conservatorio de Música, por casi dos años. En los grupos de aquella época no se utilizaba dar partituras para la percusión, sin embargo aprendí muchísimo mirando a Galletti y Ameijenda. De Galletti me interesaba el sonido, él sacaba la bordona del redoblante y lo usaba como si fuera una paila con lo que la batería sonaba más candombera. Me acuerdo que Tótem empezaba el show con un solo de batería de Galletti. Yo iba a verlo, me sentaba detrás y lo miraba.

-¿Por qué te fuiste del país?
-Me fui a principios del 77. Estábamos terminando un ciclo con Mateo, Buscaglia, Yánez y Mariana Vigil. Estudiaba dibujo técnico en la Universidad del Trabajo del Uruguay, picoteaba con la música y trabajaba en una fábrica de cigarros y habanos –ese era el oficio de mi mamá–, lo que me permitía comprarme los instrumentos que hacía Emilio Acevedo en Ansina 1036, que era el gran maestro. Los primeros tambores se los pagué como en mil cuotas. Él me prestaba pailas, Ameijenda o Galletti me prestaban algún plato, yo nunca tuve nada. Me fui porque acá estaba muy en la “llaga” y la cosa política se puso muy dura con la dictadura y la música pesaba más que todo. Decidí saltar para Europa, donde había grandes amigos. Y me fui con 70 kilos de tambores a París a lo de Mario Aguerre, ex bajista de Los Delfines. Enterado de que había llegado me llama Emilio Arteaga y me propone montar un grupo con Jorge Pinchevsky, gran violinista argentino que había tocado en La Pesada del Rock & Roll. Armamos un grupo experimental con ritmos latinos para tocar en la calle, en clubes, donde pintara. Yo montaba un set de congas, timbales, bombo legüero y hacíamos música andina, muy de moda entonces. Le pusimos El Combo Bacán porque tocábamos para la gente de plata, y ese verano de 1977 en el sur de Francia nos fue muy bien. Allí me crucé por primera vez con los Gipsy Kings, que también tocaban en la calle haciendo “la manga” con su rumba gitana.

-Junto con los tambores llegabas a Francia con un bagaje musical importante.
-Llevaba conmigo muchas vivencias y había escuchado muchas cosas, por ejemplo, música cubana en la casa de Emilio, el que hacía las congas. Ahí nos juntábamos toda una generación de muchachos a los que nos interesaba las tumbadoras, que queríamos estudiar. Emilio nos enseñó muchas cosas: “Toquen bien, los cubanos tocan bien”, nos decía, y ponía los discos de Los Papines de Cuba. Me volvía loco escuchando la rumba, el guaguancó. Acá nadie te enseñaba nada, te agarrabas de lo que podías. Un día en París voy a ver a una banda cubana y veo que los tipos agarraban una conga cada uno: ¿Y esto cómo es?, me pregunté, ¿será como en el candombe? Luego los músicos me explicaron: “esto es un salidor, tres golpes”. Y sí, la trilogía se mantiene en los tambores batá. Todo lo que me explicaron fue algo que me quemó el cerebro. Después tuve la suerte, viviendo en Francia, de ver a Tata Güines, a José Luis Quintana “Changuito”, a Jorge “El Niño” Alfonso de Irakere, y sobre todo de tocar con Alfredo Rodríguez en su quinteto de latin jazz y con Eddie Martínez, pianista y arreglador colombiano laureado con Ray Barretto, Mongo Santamaría, Tito Puente y Gato Barbieri. Eddie Martínez es además un gran baterista y me enseñó mucho sobre cómo hacer arreglos musicales. Con él teníamos la banda grande de salsa en París y un sexteto de latin jazz donde yo tocaba batería y timbales. Nos hicimos muy amigos. La otra gran experiencia fue con Camilo “Azuquita” Argúmedez, con quien toqué durante 20 años. Por esa banda, Azuquita y su Melao, pasaron Carlos “Patato” Valdés, Alfredo de la Fe, Nicky Marrero, músicos de La Típica 73... Esa fue mi gran escuela en París.

-Azuquita tiene una trayectoria impresionante.
-Azuquita es nacido en Panamá, hijo de cubanos. Cantó en La Típica 73 y con el combo de Rafael Cortijo cuando Ismael Rivera estaba preso. Ha grabado con Tito Puente y con todo el mundo. Él traía a los cantantes y armaba espectáculos en París. Venía gente desde Estados Unidos, Puerto Rico y de Cuba, de primer nivel. Los tipos te enseñaban a tocar bien, y si no lo hacías no te dejaban tocar. La música latina es muy estricta, está muy codificada. Yo empecé a leer bien en esos años y al mismo tiempo me interesé por la música oriental, tomé cursos y me metí a tocar tablas. Siempre fui un gran investigador, me encanta estudiar.

-¿Desde tu llegada a Francia pasaste a vivir exclusivamente de la música?
-Sí, sí, viví de la música. A comienzos de los 80, con la banda de Azuquita, tocaba 6 días por semana, y bien pagos. Al principio tocaba las congas, hasta que llegó “Patato” Valdés y pasé a los timbales. Éramos una banda grande de salsa, bien afincadita, buen repertorio, todo escrito, haciendo son montuno, rumba, boleros y merengue con tambora. Todo eso lo aprendí sobre la marcha. Antes de llegar a los Gipsy Kings me integré a Son Caribe, un grupo muy famoso, todos colombianos, más un francés al piano y yo que tocaba el timbal con la batería. Con Son Caribe empecé a tocar la cumbia con guacharaca, caja vallenata y con los tambores típicos de la cumbia más la batería, y descubrí que la cumbia bien tocada tiene un montón de facetas y tremenda complejidad, como el candombe. Tocábamos en Francia y hacíamos giras por varios países europeos, africanos y del Caribe, por todos lados. Desde el 80 yo ya trabajaba en los estudios de grabación y me perfeccioné en la lectura. El productor de los Gipsy Kings, que me conocía, me llamó, y en 1987 arranqué con ellos.

-¿Cómo definirías esa época de tu vida junto a Los Gipsy Kings?
-Maravillosa. La música gitana y el compás de la rumba catalana que hacían ellos me permitía mezclar muchos ritmos, sobre todo la murga, y funcionaba fenómeno. Hicimos giras por el mundo entero. En la primera época grababa, tocaba y viajaba todo el tiempo. En la segunda época enganché a un conguero colombiano, Rodolfo Pacheco, y estaba más liberado. Incluso hice grabar varios temas a Alfredo Rodríguez en el piano. Con los Gipsy Kings estuve desde 1987 a 2001. Después de 14 años se crearon saturaciones, separaciones lógicas, y me fui de la banda.

-Anécdotas...
-La más grande fue ver a Tito Puente y Celia Cruz tocar el repertorio de Gipsy Kings en salsa en Los Ángeles.

-Las Estrellas de Fania grabaron el disco Bamboleo con los éxitos de ustedes.
-Con Bamboleo, Djobi-Djoba, Siento, Quiero Saber, y al mismo tiempo nació una banda cubana con el nombre Bamboleo. Recuerdo un día que fuimos a tocar al Palladium en Nueva York, y llegó Tito Puente y quedó deslumbrado al vernos. Otro día, allí mismo, un lugar enorme, Robbie Ameen, el baterista de Rubén Blades, esperó que terminara el concierto, subió al escenario y me dijo: “No puede ser, qué es esto que tenés acá, tu batería cambia de sonido todo el tiempo y me vuelve loco”. Y es que yo a la batería acústica le ponía unos triggers y tenía unos samplers Akay 1000 y permanentemente estaba cambiándole el sonido mientras tocaba. Tenía sonidos de tablas y otras percusiones étnicas y traficaba muchos sonidos en la batería. Yo aproveché los Gipsy Kings para mezclar sonidos, hacía cosas que podían tildarse de locas. Me sirvió para experimentar un montón de sonidos. Tenía plena libertad y vivía creando. Viajé por todo el mundo, fuimos 6 veces a Japón, todos los años hacíamos puntualmente 3 grandes giras por Estados Unidos de costa a costa. Me permitió conocer el mundo, contactarme con grandes músicos de todas partes y la tranquilidad económica. Todo eso me llevó a componer y desarrollar varios proyectos, de los cuales varios están todavía en el tintero. Al momento he grabado bajo mi nombre 8 discos y he participado en la grabación de más de cien.

-¿Desde cuándo componés música?
-Empecé a componer cuando me fui de Uruguay. En Francia, en un concierto de un músico africano, descubrí las kalimbas y el balafón. Nunca había visto tocar esos instrumentos. Fui a una casa de música, me compré unas kalimbas y un balafón y empecé a experimentar. Compuse todo un proyecto sobre candombe usando sólo esos instrumentos. Para entonces no tenía plata para comprarme un piano. Con los años estudié piano y hoy lo utilizo para componer. Tengo más de 70 composiciones en variados géneros, hasta clásicos.

En esa época creo “La Comparsa”, un grupo de candombe. Tocábamos temas compuestos por mí y tenía a Alfredo Rodríguez al piano, Daniel Lagarde en el bajo, una cuerda de 3 tambores, yo tocaba batería y la sección de vientos estaba integrada por: Glenn Ferris, tremendo trombonista americano que había tocado con Frank Zappa y Stevie Wonder; dos trompetistas cubanos, Guillermo Fellove, que había tocado en los carnavales de Uruguay con Los Lecuona Cuban Boys en los años 50, y Ernesto Puente; en saxos, Clemente Lozano, también cubano, y Allen Hoist, saxofonista, flautista y violoncellista norteamericano que tocaba con Mongo Santamaría. Todos ellos grabaron en el disco “Kalimba y Cuero”, editado en Uruguay por el sello Ayuí y que quisiera volver a editar.

Este proyecto fue creado a comienzos de los años 80 y lo pude concretar en 1990. Por diferentes motivos me llevó casi 10 años. Los arreglos y orquestación son impresionantes y pertenecen a Alberto Magnone. Monté esa orquesta recordando a Pedrito Ferreira y su Cubanacán y tengo material como para editar otro disco con temas originales. La idea sería grabarlo aquí, en Uruguay.

-¿En qué otras ideas trabajás?
-En 2003 formé un dúo con Gustavo Casenave, gran pianista uruguayo radicado en Nueva York. El 21 de diciembre presentamos un recital en el Solís, un teatro que creo nunca sonó tan bien como ahora. El mérito es de Luis Restuccia y Oscar Pessano. Gustavo, que nunca había tocado allí, en el piano acústico, y yo con un set de batería y un montón de percusiones: djembe, tablas, tambores árabes y cajón, todo muy étnico. El show se grabó en vivo y quedó impresionante. Los temas son un poco largos, hay que limpiar cosas y editar, y lo vamos a mezclar acá. Los temas los compuso Gustavo para el dúo y arreglamos los dos. El fuerte del grupo es la improvisación y lo hacemos todo el tiempo, un poco lo que yo hacía con Mateo, pero es la primera vez que lo hago con un pianista en dúo, mano a mano.

-En todos estos años has sido un verdadero embajador cultural del Uruguay.
-Siempre pegaba una bandera uruguaya en el timbal y en la batería y los más lindos y grandes recuerdos en las giras con los Gipsy era ver en los recitales gente de mi país con banderas de Uruguay, de Peñarol y de todos los equipos de fútbol. Al finalizar los shows los hacía pasar detrás del escenario para saludarlos, agradecerles y sacarme fotos con ellos. En Canadá, Australia, Estados Unidos, Puerto Rico, Rusia, en Japón y en todas partes encontraba uruguayos, y para mí era una obligación saludar a esa gente.

-¿Cómo estás viendo la música uruguaya hoy?
-Veo que hay tambores por todos lados. Todos los barrios tienen su cuerda de tambores, la gente se abrió, dejó de escuchar mala música tropical. Cuando venía de Europa y escuchaba eso me mataba. Pero se crearon grupos como Patakín, La Tin Banda, Guarapo, y yo los aplaudo. Uruguay evolucionó mucho, sobre todo en el campo de la percusión. Salieron unos músicos tremendos: Andrés y Nicolás Arnicho, que se fue a Cuba y creó La Tribu Mandril, para mí muy buena; están Martín, Nicolás y Andrés Ibarburu, Nicolás Mora, Nicolás Parrillo, Sergio Tulbovitz, Federico Righi... Hay un montón de muchachos que tocan bárbaro y es el tiempo en que quiero producir acá en Uruguay, mechar gente de allá, pero lo uruguayo hacerlo acá. Quiero crear experiencias, posibilidades, lo mejor de esos productos hay que sacarlos de acá. Quiero hacer música uruguaya. Hacer evolucionar lo nuestro es nuestro deber.

-Es un viejo dilema: ¿cómo internacionalizar nuestra música, nuestro sonido?
-Como lo hicieron los cubanos y los puertorriqueños. Como lo hacen los Fattoruso, Daniel Mazza, “el Bolsa” Leonardo Amuedo, Rubén Rada... Hay que grabar, hay que hacer discos usando los medios que tenemos, grabando en las buenas salas que hay aquí, por ejemplo.

-¿Qué significado tiene para vos ser artista de Latin Percussion (LP)?
-Es una compañía que siempre me dio un gran apoyo y la suerte de trabajar con instrumentos de una calidad superior, lo mejor. LP es una compañía donde Martin Cohen y Steve Nigohosian han hecho un trabajo excelente y nos permiten plantear ideas y elaborarlas con LP. Sus instrumentos son de una calidad sonora mundialmente reconocida y en cualquier parte del mundo podemos contar con ellos, lo que pidamos lo tenemos. LP es garantía total de calidad.

-Has visto y tocado con grandes percusionistas. ¿A quién considerás el mejor?
-Son varios, es difícil decir uno: en batería Roberto Galletti es el número 1, el ángel con el que sueño. En candombe “Hurón” Silva, Alfredo Ferreira, Eduardo “Cacho” Giménez, Eduardo “Malumba” Giménez, Gustavo Oviedo y Edison “Palo de bombo” Oviedo; todos esos son maestros, cada golpe que dan es perfecto.

A nivel internacional Trilok Gurtu, Zakir Hussain, tocando tables, es el tipo que me vuela la cabeza. En la época con Mateo me pasaba escuchando a Alla Rakha, el padre de Zakir, con Ravi Shankar. Me gusta mucho la música india. Y a nivel de música afrocubana y jazz “Patato” Valdés, Miguel “Angá” Díaz, Orlando Poleo, José Luis Quintana “Changuito”, Tata Güines, Marc Quiñónes, “el negro” Horacio Hernández, tremendo baterista, y Giovanni Hidalgo.

Hay muchos percusionistas excelentes, pero Giovanni, hoy por hoy, está un escalón arriba. Giovanni es creación, su cabeza y sus golpes son muy modernos. Cuando entró con gigantes como Dizzy Gillespie, Eddie Palmieri y Tito Puente creo que la cabeza le cambió. Giovanni es Changuito, es Tata, es todo junto, es lo contemporáneo, es lo típico. Es impresionante cómo solea, es ambidiestro, es un monstruo, me muero con Giovanni. Si podés traerlo a Uruguay para los jóvenes será una tremenda escuela y dejará su huella.

-Los percusionistas, en gran porcentaje, tienen vínculos religiosos. ¿Cuál es tu caso?
-Yo nunca estudié la religión yoruba, ni toco los tambores batá, pero de ver aprendí algunos golpes y los he mezclado en los solos como una pinturita, un toque de Iyá o de Itótele. Sería atrevido decir que toco batá, nunca toqué y me queda esa materia pendiente. Pero hasta el día que me muera seguiré estudiando.

-De aquel Uruguay de la dictadura que dejaste a este que se apronta para recibir por primera vez un gobierno de izquierda, ¿qué pensás que ha cambiado?
-En este momento veo a la gente contenta, con esperanza. Esto es un triunfo, lo siento así. Yo he apoyado mucho al Frente Amplio desde que me fui a Francia. Ahora, con todo esto, a Uruguay lo estoy viendo divino.

En Francia tengo una cuerda de tambores, con jovencitos uruguayos, franceses, árabes, negros africanos y mujeres, que se llama Balakatún. Todos ellos han venido a Uruguay en un momento u otro, vieron las llamadas, tomaron cursos de candombe y todos los tambores están hechos acá. Con esa cuerda hacemos conciertos benéficos para comedores uruguayos, para todo lo que sea cultura negra uruguaya. Acompañamos a Lágrima Ríos cuando fue a Francia. Todo el dinero que se recauda en los shows de candombe se envía a Uruguay. Hicimos la campaña del Frente Amplio, que fue muy importante, y cerramos con un concierto grande el 7 de octubre y ahí estaba Daniel Viglietti escuchándonos y tocamos varios temas de él en candombe.

-En el Teatro Florencio Sánchez del Cerro se presentó hace pocas semanas una película sobre el líder histórico tupamaro Raúl Sendic musicalizada por vos.
-Sí, es un documental de Alejandro Figueroa, y toda la música la hicimos en mi casa en París, con medios muy sencillos y sin mucho tiempo. Me hubiera gustado utilizar cuerdas. La hice con tremendo amor y fue como un homenaje a Raúl porque “El Bebe” es una fuente de inspiración.

-¿Qué esperás del gobierno que se instalará el 1 de marzo?
-Creo que va a funcionar. Hay gente con una trayectoria impresionante: “el Pepe” José Mujica, “el Ñato” Eleuterio Fernández Huidobro, Raúl Sendic y por supuesto el propio presidente electo, Tabaré Vázquez. Creo en la honestidad y en la capacidad de esa gente, creo en la honestidad de los uruguayos y creo que debemos mirarnos al espejo. Estamos muy mal, hay mucha pobreza, mucho gurí en la calle, más para abajo no podemos ir, hemos llegado al fondo del tacho. Creo que este gobierno ganó en la primera vuelta porque la gente no puede más. Lo vemos en Brasil, en Argentina, donde con honestidad ya se están levantando. Levantemos este país que es un paraíso. Se remodeló el Solís y está bien, pero levantemos otras salas, no nos quedemos solamente en el Solís. Mantengamos el Florencio Sánchez del Cerro, mantengamos esas barriadas, hay que ir a tocar ahí, tocar candombe, jazz, música contemporánea, así como lo hacen “el flaco” Viglietti, “el Pepe” Guerra o Larbanois-Carrero. Hay que mirar y atender a los barrios y al interior del país.